Fue el propio Rimsky-Korsakov quién intituló los cuatro movimientos de Scheherazade (1888): Si bien había esperado que transmitieran simplemente un sentido vago y general de la atmósfera del mundo oriental, en cambio y de manera bastante comprensible, fueron tomados como un programa narrativo. Basados de manera episódica en Las mil y una noches, sin componente formal ni trama o relato, progresan cual suite variacional, basada no en la técnica tradicional de desarrollo temático, sino en la repetición dispar de motivos breves, instrumentados compleja y estratégicamente, y con un trasfondo armónico iridiscente.
I El mar y el barco de Simbad: El movimiento alterna pasajes
culminantes con episodios crepusculares tranquilos. Dos temas memorables se
derraman e imbrican por doquier: uno, majestuoso y temible en cuerdas graves y
metales pesados, y otro, sinuosamente seductor al violín sobre arpegios de arpa,
asociado por el autor a la propia Scheherazade.
II La historia del
príncipe Kalendar: En
forma ternaria en cuanto al despliegue de argumentos, pero, por lo demás, un
caleidoscopio de variaciones en virtud del acompañamiento, cada vez más
coloridas, con un uso atmosférico de efectos y texturas.
III El joven príncipe y
la joven princesa: Articulado también en ABA, las
variaciones surgen por los cambios en la tímbrica. Un sonoro rubato dirigido
por trompetas restablece el tempo para
un cierre rapsódico en el que predominan los instrumentos solistas.
IV Festival
en Bagdad. El mar. El barco se estrella contra un acantilado coronado por
un guerrero de bronce: El retorno idéntico de las
melodías dan coherencia a la suite en una suerte de rondó-variaciones, con
danzas crepitantes y tutti maníacos, solo para que la escena corte
cinematográficamente al barco sacudido por la tormenta, que se estremece y quiebra
en la percusión centelleante.
Contemplemos que Rimsky-Korsakov fue un
contemporáneo para Leopold Stokowski (tenía 26 años cuando aquel murió). De
este supremo fetichista y manipulador se conservan cinco registros de
estudio: Tras la muscularidad agresiva de 1927 (Pristine), la mirada de 1934 (con la misma Philadelphia
Orchestra, Andante) cimbrea con erotismo, las cuerdas
acentuadas con lujo curvilíneo, los bajos sólidos y lascivos, el fraseo asimétrico, con entradas
rápidas que se ralentizan durante las respuestas. En 1951 una refinada Philharmonia
Orchestra (Testament) amerita unanimidad en las corpóreas cuerdas, si bien las extremas
variaciones dinámicas entre frases alternas distorsionan en los pasajes más
intensos. Todavía asombra la inmensa panorámica de 1964 (Cala), administrando
la London Symphony
Orchestra irreal, antinatural y microscópicamente para
extraer el máximo impacto. Típicos del concepto romántico-teatral, Stokowski
desliza como resortes narrativos sensuales portamenti,
suntuosas licencias rítmicas y algunos de sus propios adornos en arpa, xilófono
y címbalos que amplían la sensación de exotismo en la partitura. Desvergonzada,
alucinógena, indispensable. En 1975 el sonido de la Royal Philharmonic
Orchestra (RCA) se ha redondeado y los ataques son menos cortantes.
Es cuanto menos chocante que haya tan pocas orquestas rusas en la avalancha discográfica schererazadiana. El planteo de la USSR State Academic Bolshoi Theatre Orchestra en 1950 ciertamente difiere del de las orquestas occidentales: cuerdas y maderas delgadas, metales más ásperos. Todo esto le da a la obra un sabor extra y una nitidez que a menudo falta en las interpretaciones habituales. La dilatada experiencia operística puede explicar el criterio característico de Nikolay Golovanov: vigoroso y de tono vehemente, con un sentido de la sonoridad poderoso, casi sobrecargado, y una flexibilidad suprema en cuestiones de tempo, fraseo y dinámica que logra momentos memorables a pesar del trazo grueso. Golovanov varía constantemente las texturas, los acentos apremiantes, las oleadas dramáticas, atruena en las amplitudes y deslumbra en el tratamiento de las exuberantes melodías. La toma, muy cercana y publicada por Boheme, se ve comprometida por la saturación.
Si la versión anterior era imprescindible
salvo para los monofóbicos, se puede encontrar un detallismo semejante y con
mucho mejor sonido en la lectura de Zdenek Chalabala (Supraphon, 1953). La
belleza tímbrica de la Czech Philharmonic Orchestra reclama su escucha atenta. Elocuente y coherente, con ocasionales portamenti en el violín solista, y una
percusión inusualmente rústica.
Thomas Beecham
capta la esencia balletística de la música, su fuerte
sentido rítmico, y otorga precisión en el acento y flexibilidad en los espacios
entre frases, nunca estáticos. Desde los implacables y amenazantes acordes
iniciales (mediante el simple recurso de hacer que los metales se contrapongan
a las cuerdas) hace continuamente pequeños ajustes of tempo y de duraciones de notas. La Royal Philharmonic Orchestra se emplea con suavidad
carismática, el fraseo comparte efervescencia y
elegancia, orondo de color y poesía (los fraseos marinos que rielan en su
languidez), permitiendo a
los solistas una completa libertad métrica, por ejemplo, el idiosincrático fagot (la
crítica de la época afirmaba que “you can
smell the camel dung”). Acústica amorosa y estrecha, con los
solistas enteramente audibles pero no focalizados, que muestra algunas rugosidades
y restricciones tímbricas (EMI, 1957).
Incluso en la época de los directores tiranos, no cabe duda de que Fritz Reiner estuvo considerado como el más sádico y siniestro del negocio. En continuo desfile y siempre al borde del despido, los músicos de la Chicago Symphony Orchestra fueron capaces de cementar una serie de enormes producciones. Aunque la legendaria disciplina de Reiner (heredada de Strauss y Nikisch) inevitablemente impone un enfoque geométrico, no significa metronómicamente rígido, y sí lúcido y preciso, dramáticamente efectivo: el lento tercer movimiento bordea lo fúnebre y el final (meritoriamente grabado en una sola toma) estalla tumultuoso en acrobacias metálicas. El legendario documento ofrece una dimensionalidad honesta que captura el balance adecuado entre sonido directo y reflejado (RCA, 1960).
Otro emigrante que surgió del frío fue Kiril
Kondrashin, que dirigió a la Royal Concertgebouw Orchestra brevemente, pero en
su mejor época. Su óptica refinada genera alternativamente tensión y
relajación propinando una inercia singular al oleaje; todo el pasaje andantino
del vivaz tercer movimiento, donde las intervenciones de los vientos desprenden
imaginación, es único. La recreación plena y cálida, proporcionada entre
secciones, con extensas dinámicas (Philips, 1979), está ponderada entre
movimientos para unificar la suite como un todo.
Sergiu Celibidache
cristaliza piadoso la marejada y detiene el flujo de la música, solidificando una paleta pictórica inigualable. Si bien Rimsky-Korsakov criticaba a Debussy por su modernismo, las líneas marinas en las cuerdas graves son paladeadas
por Celibidache como retazos impresionistas. Los ritmos que
danzan por toda la obra son comprendidos y explicados a los simples mortales. La
Münchner Philharmoniker disuelve
los sonidos orientales, ravelizando las
armonías. Convincente e irresistible, ninguna otra
visión goza de tal perversa transparencia, especialmente la demoledora percusión (EMI,
1984).
El siguiente disco ha provocado una oleada de opiniones opuestas debido a que en determinados equipos de reproducción causa distorsión. Tal vez las primeras unidades estuvieran intactas, pero las copias que he valorado muestran una onda sonora en la que el rango dinámico se ha recortado en su amplitud alta, una restricción habitual en la edición pop, aunque evitada por motivos obvios en el de la música clásica (salvo casos ilustres como el de Levine y sus Planetas). Valery Gergiev desdeña el énfasis casi místico del patrimonio ruso (Svetlanov) y comanda una interpretación enfática a base de impulsos en los episodios individuales que conducen inevitablemente a una impresión errática. La panorámica de la Kirov Orchestra está deslucida por una reverberación exagerada de la que surgen los detalles a voluntad del ingeniero de sonido (Philips, 2001).
Y, cerrando el círculo, Sascha Goetzel (como Stokowski) realiza discretos
cambios en la orquestación para introducir auténticos instrumentos orientales (darbuka,
def, bendir y kudüm, con entonación temperada) en los movimientos y en los breves
interludios. Incluso el arpa, sostén del violín solista que va enmarcando los
cuadros, se desecha en favor de un qanun. Goetzel defendió en una entrevista
para la BBC que esta elección recupera un
lenguaje musical más cercano al sonido original que el compositor tenía en
mente (atención al embriagador Bonus Track). Todo ello no se admite más que con
un salto de fe, si bien el experimento es encomiable: extremo en su
subjetividad, intenso en su flexibilidad. Los elementos rítmicos y melismáticos
de la música turca siguen impregnando el sonido de la Borusan Istanbul
Philharmonic Orchestra (con un 95 por ciento de músicos nativos), recogida en
perspectiva por Onyx en 2014.










Buen trabajo, pero echo en falta más reseñas.
ResponderEliminarCierto, es una obra que nunca me ha interesado especialmente. Para un estudio exhaustivo aprovecho para recomendar el excelente blog de Fernando López Vargas-Machuca (http://flvargasmachuca.blogspot.com/)
EliminarMi versión favorita es de Celibidache en vídeo, creo que con la Stuttgart aún (aunque no estoy seguro, ya no lo tengo). Maravillosa. Y maravilloso ver a Celibidache feliz bailando.
ResponderEliminarLos documentos gráficos de Celibidache son gemas a atesorar, especialmente aquellos en los que ensaya las obras.
EliminarThank you, ipromesisposi. You have provided a wonderful service to lovers of Scheherazade.
ResponderEliminarYou are very welcome, Peter
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